Gula insípida

La noche anterior había sido de grandes delicias: pavo, puré de manzana y papa, jugo de carne, sirloin, alcaparras, ensalada de berros, alcachofas, ostiones gratinados y salsa griega.

Comer había sido un placer que me envolvía, me sumergía en la corriente de sabores que se divierten en mi lengua ocupada en la textura de algún pan crujiente o la suavidad de una crema de pimientos, hasta ese día.

El dolor de estómago me despertó por la mañana, lo hermanaba una fuerte jaqueca y las náuseas tremebundas que me hacían retorcer el estómago como si en días no hubiera probado alimento.

Sentía mis tripas revolviéndose entre jugos gástricos, un hueco voraz que llamaba a todas las partes de mi cuerpo a levantarse de la cama buscando algo de comida.

Ventajas de vivir sola, bajé en calzones directo al refrigerador que siempre me esperaba con las puertas abiertas directo a la felicidad: jamón de pavo, queso manchego y cheddar, elotes tiernos y ensalada de espinacas, listos para formar el gran monumento llamado sándwich.

Al tiempo de la preparación, la saliva comenzaba a nacer como una hiedra hechizada que envolvía mi boca, lista para enjugar cualquier bocado con un viaje seguro a mi vacío estómago.

Saqué dos rebanadas de pan de caja y les unté mayonesa, y antes de colocar el jamón, el ansia me obligó a probar una rebanada.

Nada. Ni un solo rastro de sal. Tenía la textura de la pasta de pavo hecho jamón, suave y delgada triturándose en mi boca. Pero ni un solo sabor.

Pensé que seguramente la caducidad tenía algo que ver, pero estaba en fecha. Tomé una rebanada de queso cheddar y de nuevo nada. No había esa deleitable mezcla de leche y pimentón.

Así, con lo dulce como lo salado, probaba frutas, verduras, algunas plantas, las croquetas de mi perro, una moneda, lo que fuera; el sabor se había ido de mi boca.

El primer día se volvió una aventura extraña, como un explorador en tierras ajenas, probando y probando, mi lengua sintió lo que con el gusto normal no hubiera querido probar: latas, cartón, una hoja seca, ajo, cebolla, un tubo. Pero no hubo un detalle fino de sabores dulces, ácidos, amargos o salados.

Que no sintiera los sabores no significaba que no muriera de hambre, así que los siguientes días me preparaba mis alimentos esperando que en algún momento la delicia de aquella hamburguesa en mi plato me obligara a acompañarla de papas fritas y algún postre.

Pero el bocado iba acompañado de insipidez, sin sabor y una añoranza por volver a disfrutar.

Me había acostumbrado a comer tanto y de todo, que algunas ocasiones no me detenía a entender por qué cada alimento tiene su particularidad, su delicia, su sazón.

Comencé a desesperarme, y en un arranque de ira y desesperanza inicié una carrera sin límite, comía lo que fuera, sin combinar, solo por encontrar de nuevo un rastro de sabor.

El olfato tampoco ayudaba, poco a poco fue desapareciendo hasta que no volví a reconocer cómo era tener un plato de pozole frente a mi y enseguida salivar por el aroma mezclado de maíz y plantas de olor, orégano tomillo, ajos y cebollas.

Nunca antes sentí tanta tristeza, me habían quitado uno de los pecados que más amaba: la gula.

Con el paso de los años me convertí en un ser humano que asemejaba a un cetáceo. Ya no entraba ni salía por la puerta de mi casa. Había comido lo que deseaba y lo que nunca hubiera imaginado. Hasta que la comida chatarra comenzó a ser parte de mi dieta diaria, era barata y me hacía recordar el sabor de las cosas mientras las papas de bolsa se quebraban en mis muelas.

Años en la gordura y la perdición me convirtieron en una masa que apenas podía moverse. Me senté frente a la ventana, no alcanzaba a verme ni los pies. El ambiente seguro era hediondo y apestaba a los peores olores pues nadie había ido en días a ayudarme.

Tomé una galleta de sabor chocolate, la última del paquete, después de años sin recordar aquel sabor tan dulce, gloria y tesoro de nuestros antepasados mexicanos, mis ojos se llenaron de lágrimas al sentir el sabor por primera vez en muchos años aquel sándwich de galleta rellena y cremosa con toques de vainilla que hizo latir mi corazón. Y aquel momento de euforia inexplicable, de mirar destellos alrededor mío, terminaron en un infarto fulminante en solo unos minutos.

Logré salir de mi cuerpo y mirarme tirada en el piso, me dio vergüenza haber terminado en esa forma, cual paquidermo sin poder incorporarse después de una caída. Las hormigas tendrán un gran festín hoy, recogen las migajas de aquella útima galleta de chocolate.