Juntas

Su piel blanca, lechosa y agria aseguraba que su vida en la tierra había acabado.

Un paro cardíaco le detuvo los latidos de su débil corazón. La declararon muerta ante el pesar de su madre, y sin embargo, el doctor con su alma insípida de sentimientos le dijo sin temor a equivocarse que a la niña, su niña muerta, debía ponérsele un espejo frente a la boca.

El bao de su respiración les avisaría en tres días si la niña podría o no ser sepultada, no había los materiales ni el equipo para comprobar otra cosa por lo que le pidió esperar ese tiempo para asegurar su muerte.

Con el cuerpo más pesado que dos montañas en sus pies, Augusta tomó los restos lánguidos y escurridizos de su hija muerta. Le acarició la frente, con un dolor que también le detenía el corazón, y un extraño sudor de frío que le bajaba entre los cabellos y la nuca.

Como pudo la envolvió en una sábana blanca que le dieron en aquella clínica de cuarta que sólo tenía practicantes.

Veinticinco pesos en la bolsa de su delantal le aseguraban el largo camino a casa.

Aquella niña que jugaba a corretear las gallinas mientras Augusta desgranaba los maíces para hacer tortilla, ahora era un bulto de carga que le recordaba el dolor de espalda que tenía antes de parirla.

La lluvia en sus ojos no se detenía, cada vez que la recordaba sonriente, corriendo por aquel terreno de siembra donde siempre habían vivido. ¿Quién le arrebataba a su niña bonita? ¿Cuándo, al que nos da la vida, se le había ocurrido la estúpida e inmoral idea de quitarle lo más hermoso que antes le había regalado? No debía pensar eso, Dios la escuchaba siempre, ¿qué otro castigo le daría por odiarlo?

Augusta imaginaba durante el camino a casa que su niña iba durmiendo, que al bajarse del camión que las traía de vuelta, le pediría su “cheche” para refrescarse la boca.

Tenía setenta y dos horas más de posibilidades, el tiempo que le había dado un vago aspirante a doctor en quien sólo podía confiar en los veinte kilómetros que la separaban de donde vivía.

Todo podía pasar, quizá era tiempo de ser optimista y pensar en que la niña probablemente respiraría en cualquier momento. Le gustaba confundir la estupidez del médico con algo de caridad y esperanza para su alma rota.

La intensa caminata con el cuerpo en los brazos, le partía la espalda a unos pocos pasos de llegar al cuartucho donde vivían, o morían, según sea la condición humana del espectador o crítico.

Más gastados los huaraches y con los pies llenos de polvo seco como señal de la marginalidad de su vida, por fin llegó a su casa, la acomodó con suavidad en un petate tumbado en el piso y se hincó frente a ella.

Rígida sin un solo movimiento más que dar, Augusta le cruzaba las manos en la forma que cualquiera lo hace ante el juicio torpe de creer que se dejó de existir, como cuando le enseñaba a sentarse en la mesa para comer juntas, como cuando le enseñaba a rezar.

Entonces recordó la última instrucción del doctor y salió corriendo a buscar en los cajones de un mueble viejo heredado por su padre, un espejo redondo y pequeño que había comprado en una feria, lo colocó frente a la pequeña boca, luego fue por un peine y volvió a ella para acomodarle su cabellito negro.

El crujir de una puerta hecha con carrizo y palma se extendía en aquella habitación que de tan silenciosa lastimaba los oídos. Su tía Martha se asomaba a saber las noticias.

-¿Ya llegates Augusta? ¿Qué te dijo el dotor?

-Asegun está muerta.

-¿No me digas eso? ¡pobre de mi niña!

-Ni tan pobre, taba más pior de pobre conmigo que no le supe dar vida.

-¡Pero cómo tas diciendo esas idioteces, ahí con la niña de frente! ¡Guárdale respeto!

-El dotor dijo que me esperara tres días para ver si la niña volvía a respirar.

-¿Cómo? ¿tres días aquí la vas a tener?

-Así me dijo el dotor.

Deja traigo unas velas para que siga la luz esta muchachita, tan niña que se te fue a morir ¡mira nomás!

Augusta tomó el comentario de su tía como una letal mentada de madre que le encrespó los más delgados y finos cabellos de su cuerpo.

La miró con coraje y deseo que estuviera en el lugar de su pequeña.

De prisa, la insolente mujer que llegó a preguntar salió para traer lo que había prometido, Augusta se quedó suspendida en un estado de absoluta sordidez.

Enojada por lo que estaba viviendo, vacía por dentro y por fuera. Su niña era lo único que la motivaba a vivir su vida sin lujos, eso ya no importaba, lo más valioso que tenía estaba tendido en la mitad de cuarto, su único y verdadero amor.

Así, sola como estaba, no dejaba de revisar en el espejo una señal de aliento de su niña.

No eran bien vistas en el pueblo desde que ella había llegado embarazada y nadie le conocía marido. Aquel que sólo del recuerdo le dejó la pálida tez de su pequeña. El triste funeral era acompañado por la tía Martha y un par de asistentes desconocidos que llevaron en solidaridad más velas y más flores.

Augusta estuvo al pendiente de su niña, y del milagro que ocurriría en los tres días como había dicho el doctor.

Esperar tanto tiempo le acortaba la vida, cada que miraba el espejo sin señal alguna, así con su personalidad serena y ahora perdida le seguía cantando para dormir:

“Manocoxteca pitelontzin
Macochi cochi
Noxocoyotl
Manocoxteca noxocoyotzin
Manocoxteca nopitelontzin
Macochi cochi
Pitenzin
Manocoxteca pitelontzin
Manocoxteca noxocoyotzin
Macochi cochi
Pitelontzin”

En la penumbra de una escena vestida de oraciones y tristeza, la niña comenzó a dar señales , Augusta estaba distraída con la mirada en el suelo. Algo desde lo más profundo de su ser la llamaba a voltear de nuevo y revisar el pequeño espejo.

En el reflejo, se dejaba ver la humedad de una respiración débil, unos hilos de vida blancos se veían en aquel espejo circular y le regresaban la esperanza.

Apenas pudo sonreír, llevaba días sin comer bien, sin beber, sin dormir, pero saber que su niña estaba de vuelta le hizo tomar un largo respiro de alivio.

Había permanecido a su lado los tres días sin moverse un solo instante, y como si el alma le regresara al cuerpo, se puso de pie para ayudar a su pequeña a levantarse.

Así de prisa y sin nada que las mortificara, se quedaron viendo a los espectadores que seguían perdidos en sus rezos.

Se tomaron de la mano y anduvieron el camino que las velas les señalaban. Otra vez felices, otra vez juntas.

Ya le había perdonado al que manda los motivos que tuvo para llevársela, tres días tardó su infierno, hasta darse cuenta que allá arriba le regalaban la dicha de morir juntas. Las luz de las velas crecía más y más hasta perderlas para siempre.